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El día en que canté con Selena en el escenario

¿Por qué no vas a entrevistar a Selena?

Fue la sugerencia hecha por el entonces director de KGNS, la estación de televisión en Laredo, Texas, para la que llevaba trabajando alrededor de una semana.

Era febrero de 1993, yo recién egresado de la universidad, trabajé como DJ en un par de fiestas. La música que más se escuchaba en ese entonces era country: Garth Brooks, George Strait, Reba McEntire. Recuerdo a una muchacha acercarse con un CD: “Play la carcacha”, me dijo.

Momentos después, a todo volumen se escuchaba en el salón: “Uno…. dos… tres… cuatro….”, seguidos por le sonido de sintetizadores y tambores al ritmo de música texana. Mientras algunos de los estudiantes anglos se retiraban de la pista, los hispanos comenzaban a bailar. Quizá toqué un par de canciones más durante la noche, pero no recuerdo haber prestado más atención a la música de Selena.

Todo eso pasó por mi mente rumbo al concierto del Festival del Jalapeño, uno de los eventos más importantes en Laredo. Y mientras trataba de pensar en cómo entrevistar a alguien quien evidentemente era más famosa que solo un par de canciones, mi camarógrafo no podía contener su emoción por haber sido asignado a cubrir una de sus cantantes favoritas.

Al llegar al festival nos dirigimos al autobús de la cantante. Un hombre a quien me presentaron como el padre de Selena me informó que aún no decidían si ofrecerían entrevistas esa noche. “Strike one”, pensé.

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Así que tomamos lugar en el “pit”, la zona que separa el escenario de los espectadores. No sé cuántas personas estaban presentes, pero desde donde estaba solo se veía un mar humano. Mujeres vestidas de fiesta, hombres presumiendo sus sombreros vaquero. Cuando se escucharon las primeras notas de música comenzaron también los gritos de los fanáticos entusiasmados que inmediatamente seguían la letra de las canciones, convirtiendo el terreno en una enorme pista de baile mientras que yo me preocupaba por no tener confirmada la entrevista.

Recuerdo que esa preocupación evito que disfrutara la totalidad del momento, recuerdo ver a Selena en el escenario a pocos metros de donde estaba sentado, vestida de negro con pantalones pegados a su cuerpo, una saco pequeño que apenas cubría su pecho dejando al descubierto su cintura. Saco que más tarde se quitó revelando un “bustier”, causando gritos de festejos de los hombres y admiración de las mujeres.

Eventualmente Selena hizo una pausa que resultó ser más que los tradicionales agradecimientos a la fanaticada por asistir al concierto. “Necesito cuatro voluntarios hombres y cuatro mujeres” informó.

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Poco a poco llamó a cuatro mujeres, y, cuando comenzó llamar hombres, levanté mi mano. Aunque no sabía la función de estos voluntarios ,pensé que esa sería mi única oportunidad de acercarme a ella y probar que al menos intenté todo lo posible para conseguir la entrevista. Mi entusiasmo no duró mucho.

Al subir al escenario no tardé en darme cuenta de la magnitud de mi problema. Selena ya presentaba al público a la primera voluntaria y en cuestión de segundos comenzaron a cantar….

“Como la flor…”, cantó Selena, a quien se le unió la voz de la joven. “¡Dios mío!”, pensé, “para empezar, no sé cantar y segundo no me sé la canción”. Nuevamente volteó hacia el público y en ese momento me pareció que la totalidad de la población mundial sería testigo de mi fracaso artístico.

Rápidamente me enfoqué en aprenderme la canción. Afortunadamente no cantaban más que un par de líneas. Fue cuando comenzaron a cantarlas los hombres que me di cuenta de la calidad vocal de los participantes. Como si fuera poco, el joven que cantó antes que yo tenía una voz muy buena, así es que ya se imaginarán la presión que sentí.

Al calmarse los aplausos, escuché a Selena preguntar mi nombre. Y luego de recibir un aplauso del público a petición de la cantante, el abucheo no se dejó esperar cuando empecé a cantar.

A final de cuenta, mi calvario fue corto y al menos en mi mente productivo. No regresaría al canal con las manos vacías.

Al terminar el concierto me informaron que Selena nos daría unos minutos de su tiempo; nuevamente se elevó mi estrés, esta vez por no saber nada de la vida de quien obviamente era ya una figura de la música. Me concentré en preguntas genéricas, nuevamente demostrando mi ignorancia al preguntarle si tenía novio o alguien en su vida. “Breaking News, estoy casada”, me dijo sin maldad y con una gran sonrisa. La entrevista duró unos diez minutos y me despidió con un beso.

Desafortunadamente para mí, la humillación no terminó ahí: al día siguiente la estación decidió que el video de mi fallido intento de canto merecía ser presentado al resto de la población que no sufrió con mi canto en vivo.

De ahí en adelante presté más atención a la carrera de Selena —sus canciones eran repetidas en la radio— e incluso compré el álbum que aún tengo en mi colección de CDs.

Un año después, Selena regresó al Festival del Jalapeño. Nuevamente llegué al concierto en espera de una entrevista y nuevamente durante la presentación pidió un voluntario.

Esta vez mis manos se quedaron apuntando al suelo hasta que colegas a mi alrededor gritaban para que me escogiera a mí. Minutos después, estaba nuevamente en el escenario, ahora solo con ella. Mis fallidas cuerdas vocales no fueron necesarias porque la canción fe de despecho, reprimiendo mi supuesta infidelidad, y la serenata concluyó con una patada no tan simulada en mi trasero.

Más tarde subí nuevamente a su autobús para entrevistarla, nuevamente con su gran sonrisa dijo recordar nuestro encuentro el año anterior. Esta vez la conversación fue más casual porque al menos sabía con quién estaba platicando.

Mi último encuentro con ella fue un par de años después en San Antonio, cuando promocionaba el primer festival de música texana. En esta ocasión la entrevista fue en un ambiente más formal, más refinado, en un estudio, con el equipo necesario para hacer lucir a la estrella. Pero el tono fue tan informal como cuando platicamos en su autobús de gira.

Nuevamente dijo recordar nuestros duetos pasados y prometió invitarme al escenario si en alguna otra ocasión nos veíamos de nuevo en concierto.

Ese mismo día conocí a quien eventualmente se aseguraría con dos balazos que esa promesa no fuera cumplida: Yolanda Saldivar, presidente del club de fans de Selena, quien pidió mi dirección y manera de contactarme. Días después recibí una invitación para una fiesta privada con la cantante, a la cual no pude asistir.

Desde que salí de Texas a finales de 1994, pocas son las veces que he contado estas historias, en gran parte porque aunque Selena fue grande en la comunidad hispana, su muerte evitó que alcanzara el mercado en inglés con el que tanto soñaba.

Su nombre fue mencionado hace un par de años cuando trabajaba en unas historias sobre la falta de latinos en la música country. Un alto ejecutivo de la industria mencionó que quizá ella pudiera haber logrado el crossover en ese género, a pesar de que la preferencia de la texana era en música pop.

De vez en cuando sintonizo la estación de Selena en el servicio de música Pandora para recordar buenos momentos de mi juventud, agradecido de haber conocido a una persona que sin saberlo me ayudo a avanzar en mi carrera.

También he descubierto que muchos de mis colegas anglos en CNN, no solo CNN en Español, la recuerdan y lo hacen con cariño. Quienes son de Texas la recuerdan por la estrella que fue; quienes cubrieron su tragedia dicen que fue la reacción a su muerte la que les ayudó a entender la importancia de los hispanos en Estados Unidos y como consecuencia ponen mas atención a lo que sucede en nuestra comunidad.

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